Vivir como un príncipe

Todo el mundo cree que los reyes no hacen nada. Están en sus castillos y palacios rodeados de trovadores que amenizan las largas tardes palaciegas y siervos atentísimos que se anticipan a cualquier petición de sus majestades. Así es la corte, ¿verdad? Pues no. La corte de Lexualdo no era así. Él siempre andaba atareado de biblioteca en biblioteca, tratando de resolver las pequeñas de dudas de unos, los grandes dilemas lingüísticos de otros, consolando a los estudiantes ante un subjuntivo maldito. El rey Lexualdo jamás fue un rey vago. Podían criticarle su pasión por los libros de segunda mano (por supuesto, no era él quien limpiaba el polvo a esos libros), pero él no era perezoso.

libro con polvo

Si alguien era vago en esta corte, ese era su hijo, el príncipe, que se pasaba las horas embobado delante de los trovadores, o más bien de las trovadoras, escuchando las pasiones amorosas en una rima tan elegante y fina que le hacía suspirar de amor. Comía cuando le apetecía, o cuando el trovador se marchaba a sus aposentos a descansar, o entre suspiro y suspiro, ¡el pobre! Otras veces le asaltaba un hambre terrible en la madrugada y, sin ningún problema, mandaba a las cocineras a preparar la cena. En estos festines el príncipe comía como un cura, como si de repente sintiera el hambre de un mes.

festín medieval

Más tarde,  con la barriga llena, le era imposible dormir. Entonces recordaba la música de algún que otro romance y provisto de lápiz y papel entraba en trance y escribía unos cuantos versos con letra de médico. Y es que la música elevaba su espíritu más allá del mundo terrenal. El único problema era que a la mañana siguiente, después de haber elevado el espíritu toda la noche, no entendía ni una palabra de lo que había escrito.

letra de médico

La reina ya estaba al tanto de los desvaríos del príncipe y pensaba que su hijo necesitaba una buena reprimenda por el comportamiento de estos últimos meses. Siempre intentaba introducir el tema de manera sutil para no herir sus sentimientos. Todos sabemos cómo son los jóvenes adolescentes. Pero a la mínima mención de su futuro, el príncipe, que tenía el carácter del rey, según decía la reina, enfurecía y gritaba como una verdulera un arsenal de insultos e improperios contra su madre.

verdulera

La reina que tenía mucho temperamento, aunque echara las culpas del carácter del niño a Lexualdo, no soportaba que su hijo le hablara de esa manera:

¡Eres más malo que el demonio! ¿Cómo te atreves a comportarte de esta manera? Vas a estar castigado durante un mes en tus aposentos. ¡Nada de trovadores ni poemillas de amor! Así sabrás lo que es ser de verdad un príncipe.

demonio

Pero de ninguna manera iba a dejar que su madre se saliera con la suya. Sólo de pensar que estaría un mes sin sus dosis musicales se ponía nervioso y fumaba como un carretero para apaciguar su angustia.

carretero

Se dijo que tenía que trazar un plan, que sobornaría a la guardia real para que le dejara hablar con uno de sus amigos trovadores. Este le prestaría sus atuendos para salir del palacio sin levantar sospechas. Una vez fuera, iría al sur a aprender el noble oficio de la juglaría. Cuando fuera un trovador experto, recorrería Lexilandia cantando a los cuatro vientos sus amores por una noble doncella que conocería años después en alguna corte del reino. De repente, el príncipe detuvo su cadena de ideas. ¿Era esto realmente lo que él quería?:

Esto es el cuento de la lechera! ¿Para qué quiero yo ser trovador si puedo vivir como un príncipe toda la vida?

principe

Así que nuestro príncipe sentó la cabeza, recibió su castigo, y siguió viviendo una vida de lujo y placeres, disfrutando de los suspiros amorosos venidos del sur, comiendo como un cura cuando le venía en gana, escribiendo poemas con letra de médico en sus ataques de inspiración, y gritando como una verdulera y portándose como un demonio cuando alguien le criticaba que fumaba como un carretero y que llevaba una vida de príncipe.

Clara

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